
Sentía placer en subirse al subterráneo a leer cualquier cosa.
Por eso, aquella madrugada, en lugar de sufrir y luchar contra el incomodo insomnio, decidió levantarse.
Se vistió con la misma ropa que había usado el día anterior y con paso veloz, caminó hasta la primera boca del subte que encontró. La calle estaba fría y a oscuras.
Bajo rápidamente las escaleras aunque no estaba apurado. Tal vez preso de esa maldita costumbre de los transeúntes de hacer todo a una velocidad torpe y egoísta.
Solo quería sentarse a leer tranquilo.
Llegó el tren, que tardó casi 10 minutos por la poca frecuencia en ese horario.
Se acomodó en un asiento de pana color rojo.
Miró a su alrededor. La mayoría de los pasajeros estaban durmiendo. Algunos lo hacían sentados derechos y con la cabeza gacha, otros buscaban apoyar su cabeza en la ventana de atrás, lo que provocaba que la nuez de adán les quedaba demasiado expuesta y la boca abierta.
Pensó en la importancia de tener un lugar donde apoyar la cabeza.
Recién después de observar en detalle las distintas poses que regalaban los pasajeros, sonrió satisfecho como quien ….. y abrió “El lector”. Se puso a leer sin atender al exterior. No necesitaba estar atento a las estaciones. Total iba hasta la Terminal.
Pasaron bulnes, scalabrini ortiz, palermo y perdió la cuenta.
Cuando llegó a la ultima estación, se bajó del vagón como si fuera un autómata y subió en el siguiente subte que partía rumbo a catedral.
El silencio del subte le daba la concentración ideal para la lectura. La luz del vagón era perfecta y la temperatura soñada. Se preguntó cómo no había mas gente que usara el subte como lugar de lectura, los asientos eran mas cómodos que los de su casa. Por cierto, no tenia sillones y en la cama le resultaba casi imposible mantener una posición placentera para leer o escribir.
Por eso, aquella madrugada, en lugar de sufrir y luchar contra el incomodo insomnio, decidió levantarse.
Se vistió con la misma ropa que había usado el día anterior y con paso veloz, caminó hasta la primera boca del subte que encontró. La calle estaba fría y a oscuras.
Bajo rápidamente las escaleras aunque no estaba apurado. Tal vez preso de esa maldita costumbre de los transeúntes de hacer todo a una velocidad torpe y egoísta.
Solo quería sentarse a leer tranquilo.
Llegó el tren, que tardó casi 10 minutos por la poca frecuencia en ese horario.
Se acomodó en un asiento de pana color rojo.
Miró a su alrededor. La mayoría de los pasajeros estaban durmiendo. Algunos lo hacían sentados derechos y con la cabeza gacha, otros buscaban apoyar su cabeza en la ventana de atrás, lo que provocaba que la nuez de adán les quedaba demasiado expuesta y la boca abierta.
Pensó en la importancia de tener un lugar donde apoyar la cabeza.
Recién después de observar en detalle las distintas poses que regalaban los pasajeros, sonrió satisfecho como quien ….. y abrió “El lector”. Se puso a leer sin atender al exterior. No necesitaba estar atento a las estaciones. Total iba hasta la Terminal.
Pasaron bulnes, scalabrini ortiz, palermo y perdió la cuenta.
Cuando llegó a la ultima estación, se bajó del vagón como si fuera un autómata y subió en el siguiente subte que partía rumbo a catedral.
El silencio del subte le daba la concentración ideal para la lectura. La luz del vagón era perfecta y la temperatura soñada. Se preguntó cómo no había mas gente que usara el subte como lugar de lectura, los asientos eran mas cómodos que los de su casa. Por cierto, no tenia sillones y en la cama le resultaba casi imposible mantener una posición placentera para leer o escribir.
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