Del subte salté a la vereda y esas ganas de ver verde por todos lados.
Las plantas de mi balcón que fueron renovadas, lirios, madreselvas en flor, alegrías de mi hogar, pensamientos que me costó mucho plantar, vaya a saber alguien por qué ! calas, jazmines y hasta me atreví con un arbolito.
No conforme con eso, puse plantas en el interior de la morada, como para convivir en concubinato con una de ellas, si acaso dos.
Las plantas como las mujeres, somos pretenciosas, presumidas, demandantes, cariñosas, solemos confiarnos los secretos más intimos mientras cocinamos, nos depilamos, nos bañamos o mientras cambiamos los pañales.
Se genera esa sensanción de entre casa que un amigo un día me explicó tan bien y ahora no me sale reproducirlo.
Cuando entró en la cocina de un lugar se encontró con cuatro mujeres cocinando, con delantal y tan metidas en la preparación de la comida estaban y era tal el nivel de intimidad al que habían llegado que el instintivamente se quedó ahí, en la cocina, con ellas.
A la media hora le estaban contando cantidad de secretos, intimidades, cosas que lo emocionaban al punto del llanto y de querer escribir todo lo que estaba viviendo en ese instante.
Los hombres de la reunión, mas pacatos que las patronas, permanecían en la sala de estar, discutían política y se miraban por encima de los hombros unos a otros. El alcohol todavía no había flexionado su rigidez. Esa rigidéz con la que no nacieron, simplemente les fue impuesta.
Los varones no lloran y todas sarta de pelotudeces que pobrecitos les siguen diciendo a muchos de ellos.
Mi madre cuando lloraba me decía que hacía escandalo. Yo la verdad es que hacía lo que me salía en el momento, lloraba y punto. Con escandalo o sin el, era mi realidad. Nunca entendí eso del escandalo. Aún no lo entiendo.
Mis lágrimas son sociables, se aparecen desnudas en cualquier momento, sin calcular horarios, audiencia, convenciencia, lugar propicio, etc. A veces pueden resultar atrevidas para quienes las ven por primera vez asi a boca de jarro.
Llaman y les abro la puerta para ir a jugar ...
Las plantas de mi balcón que fueron renovadas, lirios, madreselvas en flor, alegrías de mi hogar, pensamientos que me costó mucho plantar, vaya a saber alguien por qué ! calas, jazmines y hasta me atreví con un arbolito.
No conforme con eso, puse plantas en el interior de la morada, como para convivir en concubinato con una de ellas, si acaso dos.
Las plantas como las mujeres, somos pretenciosas, presumidas, demandantes, cariñosas, solemos confiarnos los secretos más intimos mientras cocinamos, nos depilamos, nos bañamos o mientras cambiamos los pañales.
Se genera esa sensanción de entre casa que un amigo un día me explicó tan bien y ahora no me sale reproducirlo.
Cuando entró en la cocina de un lugar se encontró con cuatro mujeres cocinando, con delantal y tan metidas en la preparación de la comida estaban y era tal el nivel de intimidad al que habían llegado que el instintivamente se quedó ahí, en la cocina, con ellas.
A la media hora le estaban contando cantidad de secretos, intimidades, cosas que lo emocionaban al punto del llanto y de querer escribir todo lo que estaba viviendo en ese instante.
Los hombres de la reunión, mas pacatos que las patronas, permanecían en la sala de estar, discutían política y se miraban por encima de los hombros unos a otros. El alcohol todavía no había flexionado su rigidez. Esa rigidéz con la que no nacieron, simplemente les fue impuesta.
Los varones no lloran y todas sarta de pelotudeces que pobrecitos les siguen diciendo a muchos de ellos.
Mi madre cuando lloraba me decía que hacía escandalo. Yo la verdad es que hacía lo que me salía en el momento, lloraba y punto. Con escandalo o sin el, era mi realidad. Nunca entendí eso del escandalo. Aún no lo entiendo.
Mis lágrimas son sociables, se aparecen desnudas en cualquier momento, sin calcular horarios, audiencia, convenciencia, lugar propicio, etc. A veces pueden resultar atrevidas para quienes las ven por primera vez asi a boca de jarro.
Llaman y les abro la puerta para ir a jugar ...
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